lunes, 7 de noviembre de 2011

Parte 7


Al amanecer Loreta se sentía mucho mejor, la fiebre había desaparecido por completo y su vista ya no estaba nublada,  muy a su pesar le debía mucho a Eduardo.
Se levantó y vio que en el sofá de la habitación había un vestido muy lindo y junto a él una nota que decía: “Ponte este vestido, te esperamos a tomar desayuno. Eduardo”
Loreta no tuvo objeción, pues no tenía otra ropa a la vista, además lo hizo como forma de agradecimiento, se vistió rápidamente y bajó, cuando iba llegando a la primera planta Eduardo la vio y quedo maravillado con tanta belleza. Loreta al ver la expresión de Eduardo se sonrojó un poco y para él fue aun más encantador.


Eduardo presentó a Marta y a Loreta, quienes aun no se habían conocido formalmente. Loreta se sentó a la mesa y dio las gracias por todas las gracias por todas las atenciones, pero ella sabía que unas pocas palabras no eran suficientes. Durante todo el desayuno permaneció en silencio, solo se limitaba a contestar con respuestas vagas a las preguntas que ambos hacían.
Una vez terminaron de comer Marta le entregó a Loreta la ropa que llevaba ese día, ella podía decidir si cambiársela o usar el hermoso vestido que llevaba puesto. Ella prefirió cambiarse, quería ahorrarse todos los problemas extras que se pudieran agregar  a la situación.
Una vez estuvo lista para salir se despidió de Marta y agradeció nuevamente por todas las atenciones que le habían brindado. Como ella sabía que Eduardo la iba a acompañar o se despidió de él. Cuando salieron fueron caminando, Eduardo pretendía que el camino fuera más largo y así poder estar más tiempo con ella, lo que no se hubiera podido si iban a caballo. Loreta no se dio cuenta de esto, ya que no sabía que él tenía un caballo.
 -Ahora si podremos hablar más cómodamente- dijo Eduardo.
 -¿Sobre qué? –pregunto ella.
 -¿Cómo sobre qué? –parecía que se tenían mucha confianza –tienes muchas cosas que aclararme jovencita.
 -Bueno, tú pregúntame y yo te respondo.
 -Primero, ¿Quiénes son las personas con las que vives?
 -Vivo con mi madrastra, mis dos medias hermanas, la cocinera y el chofer.
 -¿Eres feliz con ellos?
 -Si lo soy, aunque hay cosas que me gustaría tener, pero no se puede.
 -¿Por qué niegan tu existencia? –era la pregunta que mas rondaba por la mente de Eduardo.
 -Porque mi madre (así le decía Loreta a Rosa) quiere que mis hermanas se casen primero y dice que soy un obstáculo si me dejo ver.
 -¿Por qué nunca sales?
 -Porque no me lo permite mi madre.
 -¿Te  trata mal? –había algo que para él no cuadraba en toda esta situación.
 -Solo dos veces me han castigado, pero pienso que me lo merecía –una expresión de horror se dibujo en el rostro de Eduardo, no podía entender como alguien tan pura como Loreta podía merecer un castigo.
 -¿Por qué nunca has decidido escaparte o salir a escondidas?
 -Porque le debo mucho a mi madre y no sería justo para ella que yo le haga algo así.
 -¡No es justo para ti! –evidentemente se había alterado con esta sumisa respuesta –dime cuando fue la última vez que saliste de esa casa.
 -Este viernes fue la primera vez en mis 16 años de vida.
Eduardo no pudo evitar abrazar a Loreta en ese momento, sentía pena y compasión por la situación en la que vivía, pero a ella no parecía importarle, más bien estaba acostumbrada y era lo que más llamaba la atención  de Eduardo. Él se separo de ella, quien lo miraba con expresión interrogante.
 -No puedo dejar que llegues sola, tengo que acompañarte hasta el final, después de todo esto es mi culpa.
 -No, no puedes, sería peor para mí, además no es tu culpa que yo me haya enfermado.
 -Sí, lo sé, pero debo hacer algo, no puedo dejarte así.
Eduardo se quedo contemplando por un momento a Loreta y se dio cuenta que por su rostro empezaban a correr lagrimas, de inmediato se preocupó, no se podía explicar el por qué del llanto.
 -¿Qué te ocurre? –pregunto con real angustia en el tono de su voz.
 -Nada, es solo que es solo que me acabo de dar cuenta de algo –contestó ella con la voz quebrada.
 -¿De qué?
 -Yo quería que estos tres días fueran los mejores de mi vida, pero me acabo de dar cuento que los desperdicie enferma y en cama… no logre hacer casi nada de lo que quería… nada de lo que había soñado toda mi vida. Y ahora tengo que volver a estar encerrada.
 -No te preocupes… -Eduardo no sabía que decir, no tenia las palabras correctas para situaciones como esas, pues nunca las había vivido –te prometo… que volverás a salir, y podrás hacer todo lo que quisiste.
 -¿Puedo confiar en ti? –era una chica muy ingenua, puesto que no conocía como era el mundo ni lo cruel y malvadas que podían llegar a ser las personas.
 -Eso me encantaría –respondió alegremente.
Siguieron caminando hasta llegar al primer lugar familiar para Loreta, donde se había desmayado.
 -Creo que desde aquí puedo seguir sola –dijo, interrumpiendo el perfecto silencio que llevaban hasta el momento.
 -No estoy completamente seguro de dejarte sola, pero creo que sería lo mejor.
 -Gracias por entender, y muchas gracias por todo lo demás, creo que te debo mucho más de lo que puedo pagar.
 -No te preocupes, yo me asegurare de que me lo pagues, y mejor ya vete antes de que cambie de opinión.
 -Adiós. –y sin nada más que decir se marcho. Eduardo la miro hasta que su figura se perdió entre los árboles. Ahora estaba completamente seguro de que ella era real, tan real que le causaba temor, temor a un posible tormentoso amor.
By: Caroline

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