Loreta tenía 16 años y nunca había salido de su casa. Su madrastra, Rosa, la mantenía alejada del mundo, solo para que su belleza no sea mirada por los hombres del pueblo, y así poder casar a sus hijas primero.
Tenía dos hijas, Aurora y Anastasia. Ninguna de los dos era fea, pero carecían de gracia, por ser normales y aburridas.
A pesar de no dejar salir a Loreta, Rosa no era mala con ella. Siempre que compraba algo a sus hijas le compraba lo mismo a Loreta. Cuidaba de resfriados y no la trataba como a una empleada. Sus hijas eran medias hermanas de Loreta, pues Roberto, su padre, había tenido una relación con Rosa antes de casarse con Natalia, la madre de Loreta.
Aurora y Anastasia tenían 20 y 21 años respectivamente. No tenían novio y nunca lo habían tenido. Aunque eran las muchachas más hermosas presentadas en sociedad, nadie se interesaba en ellas, pues las encontraban apagadas y con poca gracia. Ellas tampoco demostraban mayor interés en el amor, puesto que hacia la idea de Loreta, de salir, imposible.
Eduardo era un muchacho de 20 años, era guapo y codiciado por las mujeres del pueblo, poseía una pequeña fortuna por una herencia que recibió de su padre al morir. El vivía solo con su ama de llaves, quien lo había criado desde pequeño y era muy amable y cariñosa.
Un día Eduardo iba caminando por la plaza, como hacía habitualmente, y al mirar a la ventana de una casa vio a una joven muy hermosa, más hermosa que cualquiera. Pero a pesar de toda esa belleza, la joven tenía una mirada melancólica. Esos ojos lo dejaron embobado, pero de inmediato quiso saber la identidad de aquella hermosa aparición.
Dio una leve mirada al cruzar la calle y cuando volvió a mirar la ventana, la mujer ya no estaba. Tocó la puerta y abrió una mujer mayor.
-Buenas tardes –dijo Eduardo -¿podría hablar por favor con la mujer de la habitación superior?
-No entiendo que está hablando –respondió Rosa.
-Yo iba pasando por el frente y en la ventana de arriba había una mujer muy hermosa. Tenía el cabello rizado, negro y más o menos hasta el cuello.
-Debe hablar de Loreta –pensó Rosa y de inmediato negó la existencia de una joven con esas características.
-Pero estoy seguro de haberla visto.
-Se equivoca, aquí solo vivimos mis dos hijas y yo. Si gusta puede hablar con ellas, aunque por el momento no están en casa.
-No se preocupe, debo haberme confundido, por favor disculpe las molestias.
Eduardo se fue desconcertado por la respuesta. Él ya conocía a las hijas de la señora y no tenía el más mínimo interés en conversar con ellas. Siguió su camino pensando en que había pasado, definitivamente no podía haberse equivocado, su mente no imaginaría algo tan hermoso.

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